lunes, 24 de mayo de 2010

¿Dónde están los sueños que te había confiado?


La lectura de Julien Green, sus novelas y su diario, me han dado mucho a la reflexión. Al igual que se lee la vida de los santos, tiene mucha riquezas explorar lo que hay al interior del alma de las personas, ese íntimo espacio donde habla Dios y que la misma psicología es incapaz de descifrar.

En su diario narra su encuentro con la Gracia y con el pecado, y su propia experiencia de búsqueda de la verdad, la belleza y el bien en su propia vida. Del diario (citado por Charles Moeller en su estupenda colección "Cristianismo y literatura en el S. XX") me gustaría ir compartiendo algunos pasajes que me parecen súmamente enriquecedores.

El texto que comparto, escrito el 11 de mayo de 1942, lo saco a colación en estos días que he podido reencontrarme con mis amigos de la infancia y adolescencia.

11 de mayo de 1942.

"Hete aquí, pues, cerca de los cuarenta y dos años... ¿Qué pensaría de ti el muchacho que eras a los dieciséis, si pudiera juzgarte? ¿Qué diría de eso que has llegado a hacer? ¿Hubiera simplemente consentido en vivir para verse transformado así? ¿Acaso valía la pena? ¿Qué secretas esperanzas no has decepcionado, de las que ni siquiera te acuerdas? Sería extraordinariamente interesante, aunque triste, poder enfrentar a estos dos seres, de los que uno prometía tanto y el otro ha cumplido tan poco. Me figuro al más joven apostrofando al mayor sin indulgencia: "Me has engañado, me has robado. ¿Dónde están todos los sueños que te había confiado? ¿Qué has hecho de toda la riqueza que tan locamente puse en tus manos? Yo respondía de ti, había prometido por ti. Has hecho bancarrota. Más me hubiera valido marcharme con todo lo que aún poseía, y que también has dilapidado. No te admiro, sino al contrario". ¿Y qué diría el mayor para defenderse? Hablaría de experiencia adquirida, de su reputación, buscaría febrilmente en sus bolsillos, en los cajones de su mesa, algo para justificarse. Pero se defendería mal, y creo que se avergonzaría". (Journal III, 214-215)

A mí me da mucho pena recordar cómo era yo de muy joven. A los quince años, pienso que era un chiquillo insoportable. De los dieciséis a los dieciocho era soberbio, engreido, petulante. Creía que el mundo era una manzana, tenía ambiciones y me creía el cuento de que lo más importante era tener una voluntad de acero, conquistadora, intrépida, sin miedos, a prueba de cualquier eventualidad. Pero al mismo tiempo era reflejo de una inestabilidad que se mostraba queriendo afianzar modelos éticos. Yo hoy diría al contrario que Green, que me avergüenzo de lo que fui de chico. Quizás como a todos nos ocurre, me equivoqué y algo habré aprendido.

No soy, ni de lejos, lo que hace veinte, o quince años hubiera querido. Si como en aquella película de Bruce Willys me topara conmigo mismo en otra etapa de mi vida, o como lo plantea Green tuviera ese "enfrentamiento", me aconsejaría no confiar en aquellos que tenían discursos incendiarios y voluntaristas, que leyera más y dejara de lado el activismo, que no tuviera miedo a encontrarme lo que había dentro de mi corazón, que rezara y amara más y que me exigiera menos. Y lo más seguro es que no me hubiera escuchado.

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