Hoy me entero con pesar del fallecimiento de Gary Coleman, aquel simpático niño que protagonizó la serie "Blanco y negro" en los años 80's. Una serie de eventos "desafortunados" llevó a este pobre muchacho de ser la gran estrella de la televisión, ganando setenta mil dólares por capítulo, a candidato a gobernador en California, demandó a sus padres por el despojo de su fortuna, cayó en la cárcel por golpear a su mujer, en los últimos años era agente de seguridad en el park palisades mall de Santa Monica y a los 42 años de edad, muere.
Unos diez años antes murió Dana Plato, su compañera en aquella mítica serie. De actriz decadente, se volvió cocainómana, actriz de películas para adultos y de una sobredosis murió en su casa rodante a los 34 años de edad.
Recuerdo que todas las tardes pasaba por televisión esta serie y no nos la perdíamos. Era la historia de un hombre millonario de Nueva York (que tenía un ático en Park Avenue) que acoge a un par de hermanos de raza negra interpretados por Coleman y por Todd Briggs (que después se vio involucrado en drogas y en algún homicidio) y viven en familia junto a Kimberly, la niña encantadora que interpretó Dana Plato.
Uno no podría imaginarse que detrás de la simpatía de esos actores, los diálogos afectivos, las bromas, se encontrarían vidas tan conflictivas y llenas de dolor. Al pensar en la farándula, se cree que se vive en el oropel, las fiestas, la diversión y todo ello hace ver a quienes los contemplan en TV o en el cine que los artistas llevan una vida feliz. Pero este es el caso en que no. Ni el dinero, ni el placer extremo, o las diversiones sin límite son la felicidad. Por ello, no deben ser la meta de la vida.

