viernes, 18 de diciembre de 2009

Adviento



      Poco tiempo tan bello, tan significativo y tan esperanzado como este que celebramos, que es el adviento. Esperamos, como espera la esposa que llegue el amado, como la madre que dará a luz. A quién esperamos? A quien ha de mostrarnos la positividad de la vida, a quien tiene palabras de vida y que nos muestra que hemos sido amados sólo por que así lo quiere un padre amoroso, no por nuestros méritos que son más bien pobres. Los cristianos sabemos que este es más que un tiempo de buenas intenciones, de buenos deseos o de dar regalos. Esperamos la llegada del Mesías, del Salvador de los hombres, de Cristo que asume nuestra condición humana para darnos vida abudante. En esta época neopagana, en que la cursilería ha suplantado a la mística debemos volver a ver este tiempo como lo que es, una festividad religiosa.

      Para recobrar este espíritu, la liturgia nos coloca frente al Misterio para vivirlo y entrar de lleno en este diálogo eterno de amor por el que participamos gracias a nuestra pertenencia al Pueblo de Dios. Los himnos de la liturgia de las horas me parecen una bella manera de recobrar este sentido, por ello comparto uno de los que más me gustan de esta época. Hay que estar despiertos por si el esposo llega, que nos encuentre velando.

      Este es el tiempo en que llegas,
      Esposo, tan de repente,
      que invitas a los que velan
      y olvidas a los que duermen.

      Salen cantando a tu encuentro
      doncellas con ramos verdes
      y lámparas que guardaron
      copioso y claro el aceite.

      ¡Cómo golpearon las necias
      las puertas de tu banquete!
      ¡Y cómo lloran a oscuras
      los ojos que no han de verte!

      Mira que estamos alerta,
      Esposo, por si vinieres,
      y está el corazón velando,
      mientras los ojos se duermen.

      Danos un puesto a tu mesa,
      Amor que a la noche vienes,
      antes que la noche acabe
      y que la puerta se cierre.

      Amén.

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