lunes, 8 de marzo de 2010
Porque me amas
Porque me amas
GenRosso
Entre miles de modos para darme tu amor
elegiste sentir desde mi corazón,
me has visto luchar, esperar y sufrir
conmigo has querido vivir y morir.
Una absurda locura para estar a mi lado
por senderos errantes y horizontes lejanos.
Dejaste tu cielo, el calor de su sol,
viajaste en la noche diciendo mi nombre.
Me viste en el llanto, estabas allí.
Yo andaba perdido y tú viniste por mí.
En tu grito: Dios mío, por qué?
la primavera muere otra vez
Ciego estoy en un túnel, también ciego estas tú.
Se derrumba mi sueño, en el fracaso estas tú.
Escapo al pasado a una vida que pesa
me vuelvo y te veo borrando mis huellas.
Es tan grande tu amor que une amores lejanos:
se quedó entre dos mundos para estar a mi lado.
Soledad sin sentido en tu noche mas fría.
tu amor infinito me ha dado la vida.
Me viste en el llanto, estabas allí.
Yo andaba perdido y tú viniste por mí
En tu grito: Dios mío, por qué?
la primavera puede nacer.
sábado, 30 de enero de 2010
Un amigo, una elección
Un amigo, un concierto, un disparo, una vida, una elección. Streetlight.
Varios amigos estamos organizando el regreso del Gen Rosso a Guadalajara. El próximo 5 de marzo en el foro de la Expo Guadalajara se presentará este espectáculo musical, que narra la historia de Charles y sus amigos, que tocan en la Streetlight Band, un grupo de seis chicos que utilizan todas sus energías en la construcción de un mundo unido.
Espero nos acompañen ese día, este concierto significa mucho para mí. Porque no es sólo un espectáculo más: Es poner en común, con el instrumento de la música, aquello que es importante para mi vida y para la de mis amigos.
jueves, 21 de enero de 2010
La vida pese a la tragedia
"El misterio de la Cruz y de la Resurrección nos asegura, sin embargo, que el odio, la violencia, la sangre, la muerte no tienen la última palabra en las vivencias humanas. La victoria definitiva es de Cristo".
Juan Pablo II
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lunes, 18 de enero de 2010
San Lorenzo y los pobres
Pues nada, comentar una bella anécdota de un santo diácono muy popular, Lorenzo. Cuentan que cuando el prefecto de Roma le ordena (en el 258 dC) entregar los bienes de la Iglesia, Lorenzo llega ante él con todos los pobres, los discapacitados, los ciegos, los menesterosos. Se los presenta y afirma: "Esta es la riqueza de la Iglesia".
Es una historia que difícilmente tendría una autenticidad histórica ya que nadie contempló este hecho y llega a nosotros por los hagiógrafos. Pero revela un hecho definitivo, que Cristo y su Iglesia se encuentran en la pequeñez, en el sufrimiento, en el dolor de los hombres. Con realismo y sin demagogia, este es el camino, no otro.
domingo, 27 de diciembre de 2009
Dando valor humano a lo divino
Hace algunos días volví a tomar un viejo libro que leí cuando tenía 17, 18 años. Lo compré, lo leí, mucho lo presté y mucho lo recomendé. Se trata de "El Valor divino de lo humano" (Editorial MiNos, 7ª edición, México 1992), del recientemente fallecido padre Jesús Urteaga. Es un libro que se presenta como una guía espiritual, orientada a jóvenes que desean vivir con fidelidad su cristianismo. Hasta ahí bien. Pero al volver a pasar sus páginas me pareció súmamente pesado, y decidí abandonarlo cuando me topé con esta lapidaria frase: "¿Se puede realizar algo realmente serio con hombres que tienen miedo al agua fría en una mañana de invierno?" (p. 63). Y no porque estemos en invierno, pero frases como esta me topo en todo el libro, enumero algunas que me parecieron chocantes:
- Dedica un capítulo entero a insultar a lo que él llama "beatos". En la página 29, afirma que "El beato todo lo espera de Dios... es un sentimental de corta inteligencia". ¿Acaso no es la actitud correcta acaso esperarlo todo de Dios? ¿No sabe el autor que "Beato" es un término que la Iglesia otorga a algunos que han vivido las virtudes cristianas? ¿Y que las virtudes teologales no son un esfuerzo de la voluntad, sino una don de Dios a los hombres?
- Titula a un capítulo "A golpe de látigo", y en él (página 91) afirma que "No nos dejaremos matar" ... "No podemos dejarnos matar, cristianos... Nuestra defensa será con espada afilada... No temas empuñar el arma. Que nadie se ría de un Cristiano". ¿Y los tanto y tantos mártires que en tantos siglos han derramado su sangre por Cristo? ¿No entiende este hombre que, como dice Tertuliano, la sangre de mártires es semilla de cristianos? En esta lógica, la Cruz de Cristo es una derrota. Y dice el autor en la página 92: "Pero los cristianos de hoy no tenemos vocación de mártires, sino de guerreros".
- Yo sigo creyendo que el Cristiano tiene una misión de amor. Pero este sacerdote incita en todo momento a la violencia, y cree que Dios lo quiere: "La guerra es el azote de Dios para su pueblo inconciente (pag. 242) ... La justicia de Dios tiene su tiempo y ya ha llegado en su carro de fuego. Juzgará por el fuego y pot la espada a toda carne, y serán muchos los que caigan a los golpes de los poderosos (pag. 243) ... Cobarde! Con hombres como tú, el Cristianismo se hubiera arruinado antes de entrar en las catacumbas (pag. 113) ... ¡Adelante, con violencia, los hombres de Dios! (pag. 102)". ¿Como puede llamarse un libro "de espiritualidad" con tales afirmaciones? Yo creo que este hombre no conoce la historia de la Iglesia, cuya piedra angular fue un hombre que en un momento determinado se acobardó y negó al mesías.
Este pobre curita entiende al cristianismo no como un encuentro con alguien que da vida plena y abundante, sino una especie de escuela estoica, donde te santifica aquello que más cueste a la voluntad. Parece que sólo es digno de ser cristiano aquel que posea fortaleza física y que esté dispuesto "a dar la lucha" (¿con quién o para qué?). Me alegro que no se haya topado nunca con el Cura de Ars, con Santa Teresita del niño Jesús o con San Francisco, porque su pequeñez le hubiera parecido apocamiento.
Pero el Padre de los cielos se regocija con los pequeños, con los que son como niños pobres, indefensos. Que en todo dependen de su padre amoroso. ¡Qué daño ha hecho la modernidad al imaginarnos autónomos, incluso en la mentalidad de muchos hombres de Iglesia! En la página 102 afirma: "Que la casa de Dios no sea para ti un lugar oscuro, al que vayas a ocultar tu miedo, tus indiferencias, tus cansancios o tus cobardías". ¡Si el mismo Cristo llama a todos los que están cansados a refugiarse en sus brazos! Y no creo que a él le importe si te bañaste o no con agua fría en invierno.
Es tanto el énfasis de dicho voluntarismo que, si la intención de texto era (como afirma el título) destacar lo divino en lo humano, al final se desdibuja todo rasgo de sobrenaturalidad en todas las afirmaciones que hace, no deja espacio para el encuentro con la Gracia. Creo que San Agustín y demás padres espirituales enseñan por caminos contrarios. Pido una sincera disculpa a mis amigos que les recomendé o les presté dicho libro.
sábado, 26 de diciembre de 2009
Discurso de Ratzinger sobre los católicos en política

El 9 de abril de 2003, el entonces Cardenal prefecto de la congregación para la doctrina de la fe, Joseph Ratzinger participó con una intervención en el congreso “El compromiso y la conducta de los católicos en la vida política”, celebrado en Roma y organizado por la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Me llama la atención que el ahora Papa Benedicto XVI en esta ocasión, con motivo de la publicación del documento emitido por la Congregación que presidía llamado "Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los de los católicos en la política" advierte del riesgo de que "la teologización de la política se convierta en ideologización de la fe". Conste, quien lo dice es el actual Papa. El texto de donde se extrae este discurso, es de la revista italiana 30 giorni de mayo de 2003.
"Según Paul Ricoeur hacer pensar es lo más noble que la filosofía puede obtener, y por tanto queremos hacer pensar sin imponer nada. De todos modos, la posición descrita en nuestro documento se podría resumir así: para nosotros, es decir, para la convicción de la Iglesia católica de todos los tiempos, la política pertenece a la esfera de la razón, la razón común a todos, la razón natural. La política, pues, es un trabajo que implica el uso de la razón y ha de estar gobernada por las virtudes naturales, que muy bien describió la antigüedad griega, las cuatro virtudes cardenales: prudencia, templanza, justicia y fortaleza.
La convicción de que el ámbito de la política es el ámbito de la razón común, que debe desarrollarse en la recíproca comprensión y que debe comportar también la iluminación de la razón, implica la exclusión de dos posiciones.
Ante todo excluye la teologización de la política, que se convertiría en ideologización de la fe. La política, en efecto, no se deduce de la fe, sino de la razón, y la distinción entre la esfera de la política y la esfera de la fe pertenece precisamente a la tradición central del cristianismo: la encontramos en la palabra de Cristo «Dad al emperador lo que es del emperador, a Dios lo que es de Dios». En este sentido el Estado es un Estado laico, profano, en sentido positivo. Pienso, por ejemplo, en las hermosas palabras de san Bernardo de Claraval al Papa de aquel entonces: «No pienses que tú eres el sucesor de Constantino; no eres el sucesor de Constantino, sino de Pedro. Tu libro fundamental no es el Código Justiniano, sino la Sagrada Escritura».
Este, digamos, justo carácter profano, o laico de la política, que excluye por tanto la idea de teocracia, de una política determinada por el dictado de la fe, excluye, por otra parte, también el positivismo y empirismo que es una mutilación de la razón. Según esta posición la razón sería capaz de percibir sólo las cosas materiales, empíricas, comprobables o falsificables con métodos empíricos. La razón, pues, sería ciega en lo que se refiere a los valores morales y no puede juzgarlos, porque entran en la esfera de la subjetividad, y no en la de la objetividad de una razón limitada a lo comprobable, a lo empírico y a lo positivista. Semejante mutilación de la razón que se limita a lo que puede constatarse, a lo empírico, a lo comprobable y a lo falsificable según métodos materiales, destruye la política y, como decía el senador Cossiga, la reduce a una acción puramente técnica, que debería seguir simplemente las corrientes más fuertes del momento, sometiéndose por tanto a lo transitorio y también a un dictado irracional. Y este es el otro compromiso de nuestro documento: si por un lado excluimos una concepción teocrática e insistimos en la racionalidad de la política, por el otro, excluimos también un positivismo según el cual la razón es ciega ante los valores morales, y estamos convencidos de que la razón tiene la capacidad de conocer los grandes imperativos morales, los grandes valores que deben determinar todas las decisiones concretas.
En este sentido me parece que interviene también cierto vínculo entre fe y política: la fe puede iluminar la razón, puede sanar, curar una razón enferma. No en el sentido de que este influjo de la fe traslada el ámbito de la política desde la razón a la fe, sino en el sentido de que restituye la razón a sí misma, a su propio ámbito, ayuda a la razón a ser sí misma, sin enajenarla.
Las indicaciones que aparecen en nuestra Nota a los políticos católicos, respecto a los valores que hay que defender contra mayorías de un momento, no quieren ser una intromisión en la política por parte de la jerarquía. Quieren ser una ayuda necesaria a la razón de modo que sobre todo los políticos creyentes puedan, en el debate político, ayudar a una evidencia común y de este modo a una presencia real y concreta de los valores que deben gobernar a cada uno en la política. Gracias."
De santos y de poetas franceses
Me llaman la atención los Santos franceses del siglo XIX. Pero mucho. A los ojos de la historia, el siglo de las luces parece desplazar a una Francia de tradición católica católica. Cómo pudo ser posible que en el mismo país de la Revolución, del terror y del positivismo de Comte, de las ambiciones expansionistas de Napoleón, se dieran estos personajes humamente pequeñitos, pero grandes de espíritu. Es el siglo de un pobre curita rural en Ars de nombre Juan María Vianney que corrió el riesgo de ser expulsado del Seminario por no tener capacidad de aprender latín, o de aquella monjita en Lisieux que se dormía durante la oración y respondía al nombre de Teresa, o a la de la pequeñita Bernardette que vivía en un molino en Lourdes y a la que la Virgen se la apareció. O de aquel profesor de la Sorbonne de apellido Ozanam que generó un intenso apostolado con los pobres de París. O de Catalina Labouré, aquella religiosa que en 1830 habla con la Virgen María y difunde la devoción a la medalla milagrosa. Muchos santos, mucha Gracia, mucha misericordia a pesar de la revuelta, de la discordia política, de tanta ambición política y mucha soberbia intelectual.
Sí, parecen signos de contradicción, pero también es la manera en que Dios se muestra a los hombres. Cuando nos hemos cerrado en la historia toda posibilidad de esperanza, hombres pequeños y a los ojos del mundo insignificantes, muestran el verdadero rostro del amor. Como dice el pregón pascual: Donde abunda el pecado, sobreabuda la Gracia.
Y también, a pesar de grupos y personajes reaccionarios y contrarrevolucionarios que querían identificar al catolicismo con un régimen determinado, hay una serie de autores, poetas, filósofos y literatos, que han aportado desde su obra, una visión del mundo, del hombre, de su condición, de la sociedad, de Dios y de la Iglesia, que a la vez es dura con la modernidad, pero encuentran en la razón el camino de búsqueda por la que el hombre puede encontrarse con el misterio y con su destino.
Me refiero a poetas, pensadores y literatos conversos generalmente, como Charles Péguy, Georges Bernanos y Paul Claudel. Estos tres literatos tienen como común denominador, que no han entendido al catolicismo desde una perspectiva conservadora, o diríamos ahora, de derecha. Al ahondar sobre cada uno de ellos, quisiera resaltar un profundo y serio compromiso por la realidad, por el hombre y entendiendo que el cristianismo no puede reducirse a una manera de entender la sociedad, la cultura o la política, si no que es, una pasión por el hombre y por su destino. Los personajes que nutren sus historias, son gente sencilla, campirana en su mayoría, que no buscan pontificar ni moralizar, sino plantearse su vida en relación al anhelo de felicidad que alberga su corazón. La Juana de Arco de Péguy, Violaine de Paul Claudel o el cura rural de Bernanos.
Francia es una nación a la que, desde el bautizo de Clodoveo se le ha dado el título de “hija mayor de la Iglesia”, pero que, por otra parte, y a raíz de la Revolución Francesa, se ha significado como un país especialmente beligerante contra la Iglesia Católica. Es ese contraste entre la Francia de Voltaire, de Diderot, de Laplace, del librepensamiento y el racionalismo científico. La Francia de los gobiernos laicistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, gobiernos que provocaron rupturas de cualquier concordato, cierre de monasterios y conventos, expulsión de los miembros de órdenes y congregaciones religiosas, sobre todo de aquellas dedicadas a la enseñanza, confiscación de bienes, laicización de cementerios, escuelas y universidades, fuerzas armadas, hospitales, supresión de signos religiosos en establecimientos y locales públicos. Pareciera ser la tierra “liberada de los dogmas de la fe” y orgullosa de su ciencia, de su filosofía, de su literatura y de su política.
Quizás por causa de este radicalismo laicista surgió como contrapartida una generación de intelectuales y literatos de signo católico como Bernanos, Bloy, Claudel, Marcel, Maritain, Mauriac, Peguy y Ricoeur. La conversión al catolicismo de estos hombres de letras aportó a las letras católicas una gran dignidad literaria y, simultáneamente, un planteamiento problemático del hecho y de la vivencia religiosa. De ello se siguió:
1º que la literatura católica dejó de ser una literatura «piadosa», «devota», para hacerse conflictiva y provocar una conmoción en todo el aparato de la fe;
2º que, como alguien ha dicho, los intelectuales católicos dejaron de sentir complejo de inferioridad y pusieron su pensamiento en contacto y al nivel del pensamiento contemporáneo laico. (Si jo fos fuster i tu et diguessis Maria Texto publicado en el diario Ultima Hora de Barcelona por Blai Bonet (13 de abril y 4 de mayo de 1973).
Paralelamente, aunque un poco después nació una «nueva teología» cuyos autores prepararon la «toma de conciencia eclesial» y la repristinación del catolicismo que han sido el motor y la meta del Concilio Vaticano II. Muchos de ellos, entonces avanzados (Chénu, De Lubac Rahner, y el Daniélou anterior a su elección al cardenalato, entre otros). (Si jo fos fuster i tu et diguessis Maria, texto publicado en el diario Ultima Hora de Barcelona, Blai Bonet (13 de abril y 4 de mayo de 1973).
El fin del siglo de las luces es testigo de un renacer de lo católico. Asuntos políticos tales como el “affaire Dreyfus” con los llamados “Católicos sin fe” que más tarde derivaron en movimientos políticos de derecha tales como los afiliados a la “Action francaise”, que terminó siendo condenada por el Papa y simpatizantes de Hitler. Los católicos vivían en el filo de una filiación política contrarrevolucionaria, con el riesgo de vaciar de contenido un cristianismo que quedaría como cultura, régimen político (l’ancien regime, que hablaban los revolucionarios) o una moral rígida.
La «novela católica», es un producto francés de aquel momento, aunque cuente entre sus más conspicuos cultivadores al inglés Graham Greene: Mauriac, Bernanos, Julien Green (norteamericano de expresión francesa). Maxence van der Meersch (de calidad notablemente inferior), etc. (Si jo fos fuster i tu et diguessis Maria Texto publicado en el diario Ultima Hora de Barcelona, Blai Bonet (13 de abril y 4 de mayo de 1973).
Como un común denominador de las novelas de estos autores franceses, podría citar que no denotan un desprecio de lo católico hacia la modernidad. Péguy, por ejemplo, su impulso literario surge de una férrea crítica hacia la moral burguesa y a los patrones burgueses en todos los dominios de la vida y en todas las clases sociales. Su lucha de Péguy era contra la mentalidad burguesa del mundo moderno, mentalidad de la que él mismo diría que estaba inmerso el partido socialista. Afirma duramente que “Todo mal viene de la burguesía”. El mismo Bernanos hace una fuerte denuncia al fascismo en su obra “los grandes cementerios bajo la luna”.
Pero estas denuncias, no se iban con el giro fácil de afirmar que los ricos son malos, o haciendo un simplista juicio de la realidad a través de las condiciones sociales de su época, su juicio iba más allá, es un juicio antropológico. Lo interesante de los personajes de sus obras, es que muestran una humanidad limitada y herida, denunciando lo inhumano que presentaban las propuestas sociales, culturales o psicológicas de la época, que presentaban al hombre como un “monstruo tranformado en súper hombre” (Ensayos de comprensión 1930-1954 / : escritos no reunidos e inéditos de Hannah Arendt / Hannah Arendt ; traducción de Agustín Serrano de Haro). “Ellos se daban cuenta de que una persecución de la felicidad que en realidad significaba desterrar todas las lágrimas, acabaría bien pronto en desterrar todas las risas”.
Este es el fondo de todo, mostrar al hombre en su fragilidad, en su condición limitada y alertarlo del peligro que representa la fantasía ilustrada del hombre que posee una varita mágica y que tiene el dominio de sí mismo y de la realidad.
Frente a todo esto que pasaba en el interior de la Iglesia, había una una corriente literaria que, dadas las situaciones sociales y políticas del momento, adoptaron posiciones políticas de izquierda que, desde Péguy ante el «affaire Dreyfus», llegarían hasta la Resistencia antinazi, pasando por las guerras de España, de Indochina y de Argelia.
La «novela católica» era (cito la nota del periódico catalán de Blai Bonet) “no la novela «moral», «edificante», «ejemplar», sino un crudo muestrario del mal, de la duda, del pecado, en un mundo en el que la presencia de Dios es contradictoria y desconcertante. Novela «para no ser puesta en todas las manos», según la moralina tradicional, pero rigurosamente católica en su concepción de las relaciones del hombre con Dios, y mucho más válida que las estampas pías de la literatura católica anterior (es decir, válida simplemente)”.
Las novelas de estos autores, presentan a los sacerdotes en su condición de mediador y de dispensador de la gracia, pero sometidos a sacudidas existenciales y a desfallecimientos humanos, a crisis de vocación y a choques con las estructuras eclesiásticas.
Es un choque estas novelas en el tiempo, a pesar de una distancia relativamente corta en que fueron escritas. La «secularización» de la vida y de la cultura (aún tomando esa palabra en el sentido en que la emplea la Iglesia católica) parece haber planteado la literatura a niveles de creación autónoma. La «horizontalización» del sentimiento religioso parece excluir la penetración en una interioridad problemática y problematizada: el «compromiso» (cuando es asumido como tal) atiende a la liberación colectiva del hombre y a su realización temporal. El «ecumenismo» favorece el reconocimiento común de la existencia de un Dios personal, más que la expresión de la lucha íntima del hombre con él. Es la diferencia entre una novela «confesional» y estas «novela católica».
Hoy, en esta época de postmodernidad, Francia vive el miedo a la inmigración y al islam, es la de la anomia juvenil, la de los barrios marginales y los institutos conflictivos. La de la polémica en torno al hijab. Y, también, la del retorno a un creciente interés por la temática religiosa. En René Girard, en Derrida, en Debray. La clase de religión -de historia de las religiones- vuelve a las escuelas, después de largas décadas de exilio. El actual presidente, Sarkozy afirmó en varias entrevistas a algunos periódicos que Francia era portadora de una herencia cristiana de siglos y que ella constituía una parte esencial de la cultura francesa. A un periodista del diario Le Figaro le dijo: «Mire Usted, detrás de la moral laica y republicana de Francia hay dos mil años de cristianismo». Y posteriormente en unas declaraciones a este mismo diario afirmó que «lo religioso es expresión de la libertad, una cosa que debe ser protegida por el Estado». Además dialogando con unos periodista de La Croix pocos días antes de las elecciones les manifestaba su convicción de que «la religión católica es uno de los fundamentos de la identidad francesa».
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