Me detengo en un pasaje del bellísimo texto de Benedicto XVI, "Jesús de Nazaret". En su reflexión sobre el pasaje evangélico de las tentaciones en el desierto, el Papa deja claro que es propio del demonio ofrecer el poder terrenal como aspiración ilusoria, como fin en sí mismo. Se equivoca quien reduce la misión salvadora de Cristo a un reino temporal, su reino no es de este mundo, porque “en la lucha contra Satanás ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, El contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.
¿Cuántas veces no hemos confundido al Reino de Dios con formas de poder, culturales o económicas? Es falso que sea el reino de Cristo cuando gobierna determinado partido, cuando se vive cierta moral, o cuando haya determinados criterios económicos o sociales. No. Se equivocaron los seguidores de Jesús que creían que el Mesías vendría a liberarlos de un imperio ciertamente opresor. La liberación que ofrece Jesús es más radical: Una liberación del pecado y de la muerte.
Y por lo tanto, está siempre la tentación (la misma que ofrece el demonio al Señor) de querer construir un “Reinado social de Cristo”, que poco de cristiano tiene, al optar por el poder, y sí mucho de reduccionismo ideológico. La política no salva. Los acto de poder no redimen. El reino de Dios, dice el mismo Benedicto XVI en este libro, es la misma persona de Jesús. Dios mismo, que toma nuestra carne y nos redime. Leamos al Papa:
“El diablo conduce al Señor en una visión a un monte alto. Le muestra todos los reinos de la tierra y su esplendor, y le ofrece dominar sobre el mundo. ¿No es justamente ésta la misión del Mesías? ¿No debe ser Él precisamente el rey del mundo que reúne toda la tierra en un gran reino de paz y bienestar?
El Señor resucitado reúne a los suyos <
Pero volvamos a la tentación. Su auténtico contenido se hace visible cuando constatamos cómo va adoptando siempre nuevas formas a lo largo de la historia. En el curso de los siglos, bajo distintas formas, ha existido esta tentación de asegurar la fe a través del poder, y la fe ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente por el abrazo del poder. La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha para que el reino de Jesús no pueda ser identificado con ninguna estructura política, hay que librarla en todos los siglos. En efecto, la fusión entre fe y poder político siempre tiene un precio: la fe se pone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios.
El tentador no es tan burdo como para proponernos directamente adorar al diablo. Sólo nos propone decidirnos por lo racional, preferir un mundo planificado y organizado, en el que Dios puede ocupar un lugar, pero como asunto privado, sin interferir en nuestros propósitos esenciales.
Por tanto, la tercera tentación de Jesús resulta ser la tentación fundamental, se refiere a la pregunta sobre qué debe hacer un salvador del mundo. Ésta se plantea durante todo el transcurso de la vida de Jesús. Aparece abiertamente de nuevo en uno de los momentos decisivos de su camino. Pedro ya había pronunciado en nombre de los discípulos su confesión de fe en Jesús Mesías-Cristo, el Hijo de Dios vivo, y con ello formula esa fe en la que se basa la Iglesia y que crea la nueva comunidad de fe fundada en Cristo. Pero precisamente en este momento crucial, en el que frente a la <
Pero Pedro no lo había entendido en estos términos: <
Interpretar el cristianismo como una receta para el progreso y reconocer el bienestar común como la auténtica finalidad de todas las religiones, también de la cristiana, es la nueva forma de la misma tentación.
Pero Jesús nos dice también lo que objetó a Satanás, lo que dijo a Pedro y lo que explicó de nuevo a los discípulos de Emaús: ningún reino de este mundo es el Reino de Dios, ninguno asegura la salvación de la humanidad en absoluto. El reino humano permanece humano, y el que afirme que puede edificar el mundo según el engaño de Satanás, hace caer el mundo en sus manos.
Surge la gran pregunta: ¿qué ha traído Jesús realmente al mundo? La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios. Ahora conocemos su rostro, ahora podemos invocarlo. Ahora conocemos el camino que debemos seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y, con Él, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor. Sólo nuestra dureza de corazón nos hace pensar que esto es poco. Sí, el poder de Dios en este mundo es un poder silencioso, pero constituye el poder verdadero, duradero. La causa de Dios parece estar siempre como en agonía. Sin embargo, se demuestra siempre como lo que verdaderamente permanece y salva. Los reinos de la tierra, que Satanás puso en su momento ante el Señor, se han ido derrumbando todos. Su gloria ha resultado ser apariencia. Pero la gloria de su amor, no ha desaparecido ni desaparecerá.
En la lucha contra Satanás ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, Él contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre. Frente a la invitación a adorar el poder, el Señor pronuncia unas palabras del Deuteronomio, el mismo libro que había citado también el diablo: <

2 comentarios:
Es realmente atrevido tu artículo, sobre las tentaciones que sufrió el Señor durante su ayuno de 40 días y 40 noches, es una ambiguedad tratar de comprender, como puedes servir al mundo y como puedes servir a Dios al mismo tiempo, indefectiblemente te vas a corromper al aceptar el servir al mundo..."Nadie puede servir a dos Señores...", porque con uno va a quedar mal, no puedes "Cargar la Virgen y tronar los cuetes" o sirves al Señor, o sirves al Mundo, "o frios o calientes porque a los tibios los vomitaré..." Es cuanto mi estimado Gabo, recibe un cordial saludo de tu Seguidor... Adol.
Un abrazo, mi estimado Adol!
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